La muerte más dulce- Paola Klug

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Lucrecia ya tenía todo listo para irse al mercado, sus cajas estaban llenas con los dulces de amaranto y alfeñique que había realizado durante la semana anterior; catrinas enfundadas en sus vestidos de papel crepé, cráneos coloridos con ojos de lentejuela y las pequeñas frutas rellenas de mazapán y dulce de calabaza.  Las calaveras de chocolate las llevaba aparte para evitar que se derritieran durante el camino. Subió todas las cajas a la parte posterior de su auto, se despidió de sus hijos y se marchó.

Todo pintaba para ser un gran día; era la inauguración anual de la feria en el mercado y como cada año Lucrecia se había hecho de un buen lugar, desde diversos puntos de la ciudad gente de todas las edades y condiciones iba exclusivamente a buscarla cada temporada de día de muertos ya que el sabor de sus dulces no se podía superar; ella había aprendido el oficio de su madre, tal como está lo había aprendido de su abuelo y éste del suyo; los  dulces y el día de muertos eran tan importantes para su familia como la misma sangre que los unía.

No habían pasado ni treinta minutos cuando el tráfico la detuvo, no es que fuera extraño que a esa hora hubieran tantos carros, lo extraño era que no se movían ni un solo centímetro. Conforme pasaba el tiempo, sus vecinos de carretera e incluso ella misma comenzaron a desesperar, las marchas de los autos se apagaron y los pasajeros comenzaron a salir de los carros para ver que era lo que sucedía.

Lucrecia miraba su reloj con desesperación, en ese momento ya tendría que estar acomodando sus dulces y figurillas en el mercado, dio un reojo a las calaveras de chocolate para asegurarse de que aún seguían en buen estado y suspiró. No había forma de salir de aquél atolladero, tenían una centena de autos delante y sin duda un poco más por detrás así que trató de tomárselo con calma.

Escuchó a un hombre decir que había ocurrido un accidente, un auto se había volteado bloqueando los dos carriles; ni los policías ni los integrantes del servicio médico habían podido hacer nada por la mujer que había muerto dentro del carro así que solo bastaba esperar al ministerio público para retirar el cadáver.

Lucrecia se sintió apenada por el destino de aquella mujer y pensando que los familiares y amigos de esa desconocida tendrían que enfrentar peores problemas que el tráfico dejó de sentirse mal por estar atrapada allí. Pasó una hora y luego otra más, la gente a su alrededor estaba volviéndose loca, los cláxones y los reclamos no dejaban de sonar y de no haber sido por la repentina tormenta que comenzó a caer, Lucrecia estaba segura de que hubiera ocurrido otra tragedia.

Trató de llamar a sus hijos pero no encontraba su teléfono, seguramente lo había dejado olvidado en algún rincón de la cocina.

La noche había caído por completo y salvo los cuartos de algunos automóviles y los relámpagos en el cielo, la carretera estaba en completa oscuridad.

Las gotas de lluvia caían con fuerza y de lado sobre el parabrisas, el viento soplaba a gran velocidad haciendo cantar a los árboles que se balanceaban violentamente sobre la orilla de la carretera. A lo lejos se escucharon varias sirenas y las hélices de un helicóptero que sobrevoló varias veces el lugar.

Lucrecia comenzó a ponerse nerviosa, había algo en el ambiente que le provocaba miedo. Quizá era la oscuridad, quizá era la lluvia o el pensar que la muerte estaba tan cerca de su auto lo cual era una ironía tomando en cuenta que ella cocinaba dulces en su honor.

Fuera cual fuera la razón  de su nerviosismo se convirtió en terror cuando una mujer tocó la ventana del pasajero. Lucrecia brincó del susto, estaba tan abstraída en sus pensamientos que no vio de donde salió aquella mujer que tenía el cabello y las ropas empapadas debido a la lluvia que no dejaba de caer.

Lucrecia abrió la puerta del auto permitiéndole pasar.

-Buenas noches, ¡muchas gracias! Decidí caminar un poco y me atrapó la tormenta, mi carro está más adelante y ya no tengo fuerzas para seguir caminando. Tengo mucho frío.

-Sube – le dijo Lucrecia

La miró con curiosidad mientras subía al auto; era una mujer delgada que no dejaba de temblar, sus cabellos eran largos y oscuros y había algo en su mirada que proyectaba tranquilidad.

Lucrecia buscó en la parte trasera de su auto su chaqueta y se la tendió a la desconocida para tratar de mitigar el frío, estando atrapadas allí era casi imposible que la mujer pudiera recibir atención médica a tiempo si algo se salía de control.

-¿Cómo te llamas?- le preguntó

-Soy Aita- le respondió la joven con una sonrisa

Lucrecia abrió el recipiente donde guardaba las calaveras de chocolate y le ofreció un par a la mujer; misma que las recibió gustosa. Aita colocó los trozos de chocolate en sus labios, cerró los ojos y suspiró.

-Son deliciosas.

Lucrecia le agradeció el comentario y le contó sobre su trabajo y su historia familiar para pasar el tiempo; le habló de su madre y el dulce olor de la cocina cada que ella preparaba los dulces; le contó sobre su abuelo y su habilidad para preparar el amaranto.

-Cuando era pequeña, mi madre nos llevaba a su pueblo. Era un largo camino pero lo recorríamos contentas; dejábamos atrás el tráfico y las aglomeraciones hasta llegar a casa de los abuelos.

Su hogar estaba detrás de la parcela, rodeado de enormes frescos que proveían de sombra y frescura.

Aita escuchaba atenta a Lucrecia con una sonrisa en los labios…

Cuando entrábamos a la casa nuestros pulmones se llenaban con el olor de la madera que ardía en los fogones; yo tostaba las semillas de amaranto en el comal mientras mi madre pelaba las tunas con las que prepararía la miel, las cocía una y otra vez hasta que el líquido que salía de ellas se tornaba oscuro y pegajoso.

Mi abuelo por su parte había puesto a hervir un cazo de cobre en la que colocaba las semillas que yo había tostado, un poco de vinagre y al final la miel de tuna. Los tres nos turnábamos junto al fogón y movíamos constantemente la mezcla con una cuchara de madera, no era hasta que el caramelo estaba listo que lo sacábamos del fuego.

Yo me había encargado de llenar los moldes con manteca, mientras mi abuelo y mi madre amasaban el amaranto; colocábamos con nuestras manos la mezcla entre las cráneos de barro y los dejábamos reposar.

Quizá lo que más me gustaba era decorarlas, los dientes eran cacahuates y los ojos capulines.

Lucrecia se quedó callada, el recuerdo de su abuelo y de su madre había dejado un sabor de melancolía en sus labios.

-Eres afortunada, aún te quedan tus recuerdos. Yo he olvidado a mi madre, a mi abuelo y a todos los que caminaron detrás de mí; sin embargo recuerdo algo que también recuerdas tú.

Lucrecia miró a Aita con desconcierto.

-Rosa María era una buena mujer, al igual que tú también recuerdo el olor de su cocina.

Ahora era Lucrecia la que temblaba.

El día que la visité estaba de pie junto al fogón, su cabello caía con suavidad sobre el carbón que había tiznado su viejo mandil. Me trató con la misma amabilidad que me trataste tú, aunque debo decirte Lucrecia que Silvio, tu abuelo fue un poco más reacio al recibirme.

De los ojos de Lucrecia brotaron lágrimas más grandes que las gotas de lluvia que aún caía; pensaba en sus hijos, en la vida que ahora entendía que se le estaba escapando de sus manos temblorosas.

-No temas por ellos, ni por ti. Tus hijos te recordarán como tú has recordado a tu abuelo y a tu madre y honrarán tu memoria de la misma manera en que tú has honrado la de tus familiares – le dijo Aita mientras le tomaba la mano con dulzura

Ahora ven conmigo, es tu hora de acompañarme. También es un largo camino pero lo recorreremos juntas con una sonrisa en los labios.

Lucrecia sintió un cúmulo de paz recorrer su espíritu, el dolor y el miedo habían quedado atrás. Salió del vehículo y se miró a sí misma entre los fierros retorcidos de su auto. Sobre la carretera mojada estaban regadas las calaveritas, catrinas y caramelos que iba a vender aquella tarde en el mercado.

Aita ya estaba acostumbrada a dar la misma explicación, abrazó a Lucrecia y le susurró al oído:

-La mayoría tarda en darse cuenta, por eso debo ir a buscarlos…

Aita cerró los ojos de Lucrecia con sus manos, le permitió sentir por última vez la lluvia sobre su frente y la brisa de los fresnos de su infancia para después ser acogida por la muerte más dulce, una muerte con sabor a miel de tuna, chocolate y amaranto…

Te inivtamos a que visites el blog de Paola Klug La pinche canela.

¡Te va a encantar!

https://paolak.wordpress.com/2015/10/12/la-muerte-mas-dulce/

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